El fin de semana pasado encontré un pollito caído del nido en las escaleras del patio de los padres de Ki. El pobre estaba aterrorizado, porque Ki estaba regando el patio y le estaba cayendo encima un buen chorro de agua al pobre pollito.

Cuando traté de cogerlo, el pollito se puso a piar como loco y a mitad saltar, mitad alzar el vuelo. Y se escondió en el garaje, donde tuve que pasarme un buen rato buscándolo. Cuando finalmente conseguí cogerlo, el pobre tiritaba entre mis manos. En ese momento salí al patio y oí a dos pajaritos revoloteando como locos y piando en la parcela de al lado. Deduje que serían Papá y Mamá, así que pensé que, dado que el pollito había aleteado y revoloteado un poco, sería buena idea lanzarlo suavemente en vertical a la parcela vecina para que volara y ya siguiera a sus papis a la seguridad del nido.

Craso error.

Resulta que, o el pajarito voló por pura coña y miedo, o agotó toda su energía en ese vuelo. Porque lo que sucedió fue que hice un tiro parabólico perfecto finalizado con un suave sonido de plumf.

Cuando me asomé a la parcela vecina para ver si el pajarito estaba bien, vi que en la parcela vecina había un gato callejero.